30 septiembre 2010

Más Feliz





Muchos jóvenes depositan sus esperanzas en dar con la pareja ideal
y construir una relación que, si todo va bien,
acaba en un matrimonio feliz y gratificante.

Por desgracia, es frecuente que pasen por numerosas relaciones,
muchas de ellas decepcionantes,
antes de darse cuenta de la importancia de tener una relación para siempre.

Las expectativas que genera el enamoramiento nos mueven a esperar mucho del otro.
Los consejeros matrimoniales insisten en que no hay que centrarse tanto en lo que esperamos del otro,
sino más bien en lo que podemos aportar.

Quiero lo que mi pareja me puede dar, pero él o ella no es una fábrica
de satisfacciones para mí,
no es un objeto que vino al mundo con la única misión de hacerme feliz.

El amor es dar antes que pedir.
En esa breve frase se encuentra uno de los secretos de la felicidad:
más bienaventurado (dichoso, feliz) es dar que recibir.

No es eso lo que nuestro instinto parece enseñarnos, ni lo que aprendemos por ahí,
pero es un principio que nuestro Creador ha insertado en nuestro ADN espiritual y emocional.
Por si había alguna duda, nos dio el mayor ejemplo de amor.
Vino a nosotros, que no podíamos darle ya nada, y se dio a sí mismo 
para restaurar una relación aparentemente insalvable.

¿Qué podíamos darle? ¿qué había en nosotros que valiese tanto?

Fue su Amor, no lo que esperaba de nosotros, lo que le movió.

Pero ahora, cuando abrimos nuestro corazón a él y entramos en la nueva relación que nos ofrece,
su amor nos mueve también a nosotros.
Ya no buscamos qué nos puede dar,

le buscamos a El y nos preguntamos:

¿Qué puedo darte? ¿Cómo expresarte mi gratitud?


                                                                                  copiado de  Tesoros Escondidos 







 




















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